Reír no siempre significa ser feliz.




Hace un tiempo alguien intento decirme adiós y yo elegí aferrarme a las buenas memorias…

Solía ser muy buena aferrándome a las historias que valían la pena, casi de la misma manera en que me gusta despedirme sin decir adiós.

No les ha pasado que llegan a un momento en el que saben que ya nada puede mejorar, Que empiezan a volverse exigentes, que descubren que existen cosas mejores y se cansan de insistir en algo que como diría Juancho (Un amigo mío), “tiene más futuro la semana pasada”?

Me he resistido a decir adiós un par de veces porque el sentimiento de abandono es espantoso, pero hoy consciente o inconscientemente elegí irme por mi cuenta cuando me canse de pelear contra la marea completamente sola... cuando aún acompañada me sentí sola.

Lo cierto es que ya no me da miedo estar sola, definitivamente no existe alguien que me conozca mejor y que me haga confiar tanto en mi como yo misma.

Voy a permitirme ser quien soy, así de simple. Dudar cuando no tenga certeza de lo que quiero, llorar cuando sienta impotencia, amar cuando me tropiece con una mirada honesta, apasionarme una noche, una semana… simplemente disfrutar.


CARPE DIEM.


Estoy en un momento de mi vida en el que se muy bien lo que quiero, sé muy bien lo que no puedo conseguir, porque dejarme el alma en el intento y porque dejar de esforzarme.

No me estoy yendo ni estoy dejando ir nada, solo estoy avanzando y aprendiendo que no todas las personas ni las situaciones que están con nosotros llegaron para quedarse, algunas llegaron para enseñarnos a decir adiós, para demostrarnos que somos mejores de lo que creemos y que nuestra imperfección es lo que nos hace tan perfectos.

Así que hoy avanzo sin miedo y sin prisa, con el ideal de vivir y solo así entender que reír no siempre significa ser feliz.

“Cuando esté lejos, recordaré cómo me besaste bajo el poste de luz de la calle 6, te oiré susurrar por el teléfono: espera a que llegue a casa”.

Melanie G.




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